¿Cuándo fue la última vez que el estrés te paralizó en una situación importante?
Te cuento la historia de un hombre que luchó con un gran villano: el estrés. Ojalá tú no tengas que pasar por esta película…
Era 29 septiembre de 1997, llega a mi consulta de Santiago de Compostela un hombre joven con la parte derecha de su cara paralizada. Estaba muy preocupado.
Le pedí que me describiera cómo era su día a día y si había sufrido algún acontecimiento traumático previo a la parálisis.
– Estoy sometido a mucho estrés. Trabajo demasiado y en mil cosas diferentes. Un día empecé a notar una sensación extraña en la cara, pero no le hice caso. Hasta que un día sin más, mi cara se paralizó. Mi vida se detuvo en ese momento. Me llevaron rápidamente al hospital. Me hicieron diferentes pruebas y tratamientos, pero nada, pasaron las semanas y seguía igual, con la cara paralizada.
– Háblame de qué piensas de lo que te está pasando, de tus miedos y de todos los trabajos que haces: ¿cuál elegirías, cuál es el que más te gusta?
–Lo que más me llena, es interpretar. Me encantaría llegar a ser un buen actor.
– Si es eso lo que te gusta de verdad, pon toda tu energía en ello.
Pero, ¿te imaginas cómo podía sentirse este hombre que soñaba con ser un actor cuando su cara se paralizó?
¿Te imaginas cómo te sentirías tú si te faltase tu instrumento de trabajo?
Después de terminar el historial, empecé el tratamiento con la Biorresonancia e inyectables en puntos específicos de su oreja. Terminé con digitopresión y un masaje.
Le preparé la receta con medicamentos homeopáticos y le comenté que quería repetir la terapia en unos días, pero que me llamase a última hora de la tarde.
Fue entonces cuando me enteré de que su nariz empezaba a despertar.
Once días después volví a verlo, se encontraba muy recuperado y contento por la evolución que llevaba su cara.
Continuamos el tratamiento, y cuatro meses después le di el alta, estaba prácticamente recuperado.
Meses más tarde iba en avión a un congreso, al ir a sentarme cuál fue mi sorpresa cuando vi que quien iba a mi lado, era él.
Fuimos hablando todo el trayecto. Me dijo que estaba concentrado en ser un buen actor y que estaba terminando de grabar una película.
Fue la última vez que coincidí con él, hasta que hace unos meses, mi sobrina estaba escuchando el podcast de Alex Fidalgo en el que estaba entrevistando a su actor preferido, ganador de varios Goyas, entre ellos, por la película Celda 211.
– Madrina, escucha esto, es muy fuerte. Me quedé de piedra cuando te mencionó y contó cómo le ayudaste a superar su parálisis facial.
Unas semanas más tarde, justo cuando estaba empezando a comer, recibí una llamada que me cortó el apetito.
– Hola Otilia ¿No me conoces?
Claro que le conocía, pero me parecía increíble que fuese él.
– Pensé que te habías olvidado de mí, han pasado más de 25 años desde la última vez que nos vimos.
– Imposible, ¡cómo me iba a olvidar de ti con todo lo que me ayudaste!
Me comentó que, desde la entrevista que le hizo Alex Fidalgo, le llamaban personas con parálisis facial para preguntarle quién era yo y dónde trabajaba.
Quizás ya has descubierto de quién te habló: de Luis Tosar.
Tengo que decir que a pesar de los premios y la fama que ha alcanzado al convertirse en uno de los mejores actores de nuestro cine, Luis no ha cambiado, sigue siendo la misma persona sencilla que conocí hace tantos años.
Tal y como me había dicho: se centró en ser un buen actor, y lo consiguió.
No dejó que el villano, su estrés, le paralizase su vida.
El estrés es como un bofetón que te obliga a parar. Te está avisando, es una señal de alerta. Mira qué te estaba pasando cuando empezaste a ver chiribitas o nublado, a tener vértigos, o incluso arritmias…
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